Tras la última palabra de su conjuro, Isabel dio una vuelta sobre
sí misma y extendió una larga caravana frente a su mecedora.
Javier Corzas había oído su juramento como quien oye un
desvarío y la quiso besar sin más preámbulo. Las mujeres
encuentran asideros en todas partes, pensó, pero no dijo una palabra.
Isabel se había enderezado y él la tomó de la cintura
y se puso a besarla en mitad del parque oscureciendo. Ella tampoco dijo
nada. Se limitó a iniciar el cumplimiento de sus compromisos con
el ensalmo.
Esa noche volvió muy tarde a la casa de doña Prudencia.
Cruzó de puntas el salón de la entrada y cuando empezaba
a subir la escalera oyó su voz saliendo del comedor:
-¿Cómo te fue mi querido ángel de la noche?
-Me fue y me vino -respondió Isabel soltando la risa más
permisiva de cuantas se habían soltado en esa casa.
-Diablo de criatura, ten cuidado con tu entrepierna.
-Justo siento como estrellas ahí en medio.
-Conozco ese síntoma y es más peligroso que los deseos
de castidad -dijo doña Prudencia persignándose-. Te recuerdo
que estás aquí para ser bailarina. No vayas a terminar con
una panza como la de tu amiga Esther.
-Pobre Esther, no hizo más que enamorarse -dijo Isabel.
-Sin don, ni tino, ni cuidados -sentenció doña Prudencia-.
Y en esto del amor hay que usar la cabeza tanto como la entrepierna. Ven
aquí que te doy unos consejos -dijo, quitando del sillón
la ropa que remendaba y abriendo un lugar para que la muchacha se acomodara
junto a ella.
Hablaron hasta que la luz del amanecer encegueció sus ojos desvelados
y luego se quedaron dormidas una contra la otra. El día las despertó
dos horas después. Isabel brincó a bañarse y salió
corriendo rumbo a su primera clase. Bailó toda la mañana,
ensimismada y misteriosa, provocando la curiosidad de Pablito que en el
descanso de la primera hora se atrevió por fin a pedirle que se
lo contara todo por favor.
-Todavía no tengo mucho que contar.
-No inventes -pidió Pablito-. Te lo ruego, déjame vivir
de prestado, cuéntame una historia de amor. ¿No ves que me
está secando el abandono?
-Te puedo contar el preámbulo de una historia. No sé otra
cosa.
-Claro que sabes. ¿Qué presientes?
-La gloria, pero sin paz -dijo Isabel.
-Mientras no te dejen -suspiró Pablito. Respiraba por la herida
de un imprevisto viaje de su novio rumbo a Italia, dizque a estudiar, pero
por todos sabido que siguiendo el derrotero de un niño rico que
se lo llevó a ver museos para besarlo bajo la luz de otras lunas.
-Mejor que se haya ido ese cabrón mentiroso. Tan horrible que bailaba, tan feo aliento que tenía -le dijo Isabel para distraerlo.
-¿Te parece que tenía feo aliento?-preguntó Pablito
a quien la falta de higiene lo horrorizaba como pocas cosas.
-Aliento de sapo -dijo Isabel, yendo hacia las barras porque iniciaba la siguiente clase.
-Díscola. No me contaste nada -se quejó Pablito.
-Cuando haya que contar te cuento -prometió Isabel.
Los meses que siguieron, la vida fue generosa para todos. Isabel dejó
que Javier Corzas le tomara la existencia, y Pablito escuchó entre
clase y clase toda suerte de milagros amorosos.
Al principio cada descanso estaba lleno de anécdotas en torno
al color de la luz que había una tarde y lo frondoso de un ahuehuete
en Chapultepec, hasta que el mundo de Isabel se iluminó como ningún
otro y Pablo consiguió llegar cerca del penúltimo recoveco
de sus emociones para enterarse de cómo iban creciendo y complicándose.
-¿De verdad te besa ahí?
-Y también aquí -decía ella señalando lugares
más escondidos.
-Me das envidia.
-Yo también me doy envidia -decía ella abriendo una risa
de cometa.
Unas vacaciones Isabel arrastró a Corzas hasta su puerto a conocer
a los Arango y a su mar. Como las cartas de su hija llegaban cada día
más llenas de Javier el poeta, cuando los Arango lo vieron aparecer
con Isabel y la compañía de Prudencia Migoya en calidad de
vigilante del recato, ellos lo recibieron con la calidez conversadora que
alegraba sus días. Los hermanos de Isabel se habían casado
como era debido y la casa frente a la estación del tren tenía
recámaras de sobra para las visitas. Corzas y doña Prudencia
quedaron cada uno en un cuarto. Isabel volvió al que nunca dejó
de ser suyo. Ahí recibía todas las noches la visita clandestina
y por lo mismo más desatada que nunca de Javier Corzas y sus manos,
su quimera.
Durante el día, el mar lució sus mejores brillos y el
cielo no dejó cruzar una nube por su impasible azul. En las mañanas,
Prudencia Migoya se sentaba en la tienda a conversar con los Arango hasta
la hora de la comida, mientras Corzas y su borrachita caminaban la playa
para extenuarla, asoleándose como iguanas o perdidos entre olas
con las que jugaban abrazados incluso cuando alguna los revolcaba.
-La próxima vez que veamos venir una muy alta, no me sueltes -le pidió Isabel.
-No seas loca. Nos ahoga. No se puede nadar uno sobre otro -dijo Corzas.
-Todo se puede uno con otro. Anda -pidió ella- que nos maltrate
lo que nos maltrate, pero que no logre separarnos.
-Nos va a lastimar -dijo él.
-Nada nos puede lastimar -contestó ella negándose a soltarlo
cuando la ola llegó inmensa y los arrastró como si fueran
caracolas, llevándolos hasta la orilla entre golpes y raspones.
Con una felicidad de pez, Isabel se rió del susto en los ojos
de Corzas.
-Ven aquí que te lamo la sal de los rasguños -le dijo.
-Te puedes quedar sin piernas, borrachita -sermoneó Corzas acariciándole
la cabeza llena de arena.
-Pero no sin las tuyas -dijo Isabel y se puso a lamerle un raspón en el hombro.
Volvieron a México tras una semana de amores en la sal, todavía
más puestos uno en el otro que al principio. Y la ciudad los cobijó
con sus largos días de verano lluvioso.
-La tarde está entrada en sexo -decía Corzas cuando iba
por ella a la academia. Y como si no hubiera bailado toda la mañana,
Isabel se desnudaba para una danza de prodigios y desvaríos que
duraba hasta muy entrada la noche.
Después caminaban desde la calle de Artes hasta la casa de Prudencia
Migoya y la entretenían con la ostentación de sus mutuas
devociones y con el recuento de sus varias esperanzas. Entre besos y mimos
que a Prudencia le provocaban más hilaridad y remembranzas que pudor,
le iban contando las últimas noticias mientras la acompañaban
a beber su agua de tila. Javier Corzas escribió los únicos
poemas alegres de su vida y un editor arriesgado quiso publicárselos.
En la academia de danza había un revuelo porque Madame Giron, que
cada vez era más vieja y más sabia, decidió ir deshaciéndose
de sus ahorros y gastaba en preparar una función de gala, condescendía
con Pablito y dos muchachas que siempre le pagaban tarde y prometía
un viaje para aquel de sus alumnos que demostrara ser el mejor.
-Tú lo vas a ganar -quiso intuir Prudencia Migoya cuando Isabel contó el asunto.
-Yo no voy ni a buscarlo. Estoy feliz aquí, tengo todo por aprender,
todo por bailar y mucho que besar a mi alrededor -dijo acercando su boca
a la sonrisa con que la escuchaba Javier Corzas.
-Isabel, niña, tú sigues teniendo avidez de virgen -opinó
Prudencia Migoya-. Que la vida te la guarde. No hay como desear lo que
se tiene a la mano.
-Y al revés -contestó Isabel-. No hay como tener a la mano lo que se desea. Óyelo bien Corzas, "por ti contaría la arena del mar" -cantó abrazándolo como si acabara de encontrárselo.