Viéndola bailar a solas, sin imaginarse que la mirarían, una tarde cualquiera entre las altas paredes del salón que albergaba sus clases, Madame Alice, la directora de la escuela, entendió que la índole de Isabel estaba cruzada por la fiebre de quienes viven el arte como una religión. Y no necesitó más para dejarla quedarse a trabajar en el intento de convertirse en profesional. No sería fácil, de cincuenta que ingresaban conseguían permanecer menos de siete. La danza es una disciplina de locos y de jóvenes, por eso Isabel parecía una promesa y cualquiera que la hubiera visto bailar aquella tarde hubiera estado de acuerdo con su maestra en que la vida valdrá la pena mientras haya en el mundo seres capaces de hacer magia cuando profesan una pasión.
No estaban los tiempos como para empeñarse en bailar, aún
ardían en el país las brasas de lo que fue su ardiente revolución,
sin embargo Isabel bailaba ocho horas diarias y comía una vez al
día. Se puso delgada como sardina y ojerosa como un mapache, le
brincaron los pómulos y le crecieron los ojos, tenía el vientre
plano como un remanso de agua y los pechos firmes y pequeños como
duraznos. El cuello se le estiró junto con las piernas y sólo
le quedaban los labios gruesos de su abuela materna y la mirada oscura
de los Arango como prueba irrefutable de que aún era ella.
Así pasaron casi tres años. La ciudad se dejaba vivir
y para Isabel fue fácil llenarse de amigos. No sólo entre
sus compañeros de clases, que los tenía de todos tipos: mujeres
elocuentes y una minoría de hombres extraordinarios a los que en
un país de pistolas les había dado por bailar, sino entre
los amigos de esos amigos, casi siempre periodistas, poetas o pintores,
pero también uno que otro político y una que otra piruja.
Había en su curso dos muchachos que hacían pareja, y
se amaban o peleaban con la misma fruición que marido y mujer. Cuando
la cosa se ponía muy difícil uno de ellos dejaba las lecciones
con tal de no mirar al otro. Si estaban a punto de una ruptura no iba ninguno
de los dos. Isabel se hizo amiga del más joven, un muchacho con
la boca suave de una mujer y la hermosa espalda de un hombre. Un muchacho
de pies pequeños y piernas largas que cuando en los ensayos la tomaba
en sus brazos para alzarla al cielo inalcanzable de las bailarinas, le
contaba cómo sufría su corazón en vilo o cuál
era la triste incertidumbre de sus finanzas. Al terminar los cursos normales
seguían las pláticas en el tranvía que los llevaba
hasta una clase de danza regional que no estaba en el programa de la escuela,
pero que igual les parecía imprescindible. El muchacho se llamaba
Pablo y era un lector desordenado que iba de Rubén Darío
a Flaubert y de Jorge Cuesta al barón de Humbolt. Se reunía
a tomar tragos con un grupo de hombres que le hubieran ganado la guerra
de machos a Pancho Villa y que se emborrachaban con decisión y desafuero
cuatro de cada siete días. Al principio porque sus ideas los obligaban
a la tolerancia y después porque aprendieron a quererlo, ellos aceptaban
a Pablito en su mesa y jamás hacían bromas sobre sus gustos
de sexo y profesión. De vez en vez, hasta iban a verlo bailar cuando
se presentaba en público.
En una de esas noches, fue que Javier Corzas, poeta y telegrafista,
descubrió la fiereza deslumbrante con que se movía Isabel
Arango. Bailaba dentro de un grupo, pero él pensó que era
ella quien perfumaba el aire por el que iban cruzando su precisa cintura,
su espalda pequeña, sus brazos largos.
En la segunda mitad del programa, Isabel bailó una coreografía
para ella sola que había dependido de su propia inventiva. Era un
tristísimo cantar mexicano que cuenta los pesares de una mujer borracha
que debe dejar su pueblo y su amor, para irse a la ciudad siguiendo el
destino de su patrón. Isabel empezó el canto moviéndose
con la finura un poco rígida que impone el ballet clásico,
subida en unos zapatos de puntas romas sobre las cuales giraba como una
muñeca de cuerda, presa de una incipiente borrachera. Luego, mientras
seguía bailando se desató los lazos que ataban sus zapatos
a sus piernas y terminó por tirarlos lejos mientras el juego de
su manos rompía la noche en dos y una luz le iluminaba el gesto
haciéndola parecer un sortilegio. La borrachita desgarró
su vestido y cayó al suelo donde su cuerpo se estremeció
simulando la embriaguez más acongojada y armoniosa que hubieran
visto los ojos de aquel público. Los últimos acordes la siguieron
a perderse extendiendo los brazos desesperados hacia un horizonte de nada.
Javier Corzas se levantó antes que nadie y aplaudió arrebatado,
seguro de que eso era lo más estremecedor y desafiante que alguien
había bailado nunca. Tras él quienes llenaban el teatro demostraron
estar de acuerdo con aquello que bien podía llamarse un desafuero
y lo aplaudieron hasta que Isabel se bajó del escenario y corrió
a buscar refugio entre los brazos de doña Prudencia, su gorda y
maternal casera. De ahí la separó el llamado de Pablo, a
quien Corzas le había exigido que lo llevara junto a ella.
-¿De qué cielo caíste, mujer endiablada? -dijo
el poeta-. Bailas como una diosa.
Isabel lo escuchó decir mientras le recorría el cuerpo
con los ojos críticos que hasta entonces usaba para mirar a los
hombres cuando la elogiaban.
-¿Eres periodista o político? -le preguntó.
-Soy poeta y trabajo en telégrafos. Pero desde hoy me dedico
a mirarte.
Isabel sintió que hasta los volcanes estarían de acuerdo
en que a ella le gustara aquel hombre. Tenía los ojos de desamparo
y las manos largas y fuertes. Una sonrisa cínica y una voz de gitano.
Semejante mezcla, lo presentía, era más peligrosa que pacífica,
pero no quiso sino rendírsele.
-Te invito a cenar hoy o a comer mañana -dijo él como si ordenara.
-A comer mañana -contestó ella aplazando la fiesta para
darse el tiempo de gozar esperándola.
Esa noche se fue a dormir con una borrachera de euforia tan irrefutable
como la que había bailado. Era viernes. El sol del sábado
la despertó hasta las once con el pelo revuelto y el espíritu
reticente. Ya no le parecía tan buena la idea de irse a comer con
un desconocido. Además, pensó, ese hombre en la cara lleva
escrito el "yo gano siempre y cuando pierdo arrebato".
-No seas miedosa. Siempre es mejor el riesgo que el tedio -le dijo
doña Prudencia mientras la acompañaba a sorber su café.
-¿Me lo aconsejas con tu nombre en la lengua? -preguntó
Isabel.
-Con todito mi nombre y mis presentimientos, que a veces valen más.
Isabel le dio un beso y volvió a meterse en la cama. No conocía
otro modo de exorcizar el mal humor de la mañana, sino repetir el
final de la noche y rogar porque el siguiente amanecer fuera con el pie
derecho.
Tuvo suerte. Despertó a la una y media recordando sólo
el buen gusto del éxito y dispuesta a olvidarse del terror que tal
éxito provocaba en el centro mismo de sus entrañas. Ella
estaba enseñada a trabajar en silencio, a bailar porque sí,
por el placer de hacerlo. El asunto de los aplausos, sobre todo esta vez
que habían sido sólo para ella, le daba más desazón
que dicha.
Se metió en un clásico vestido de talle largo y falda
corta, y buscó los zapatos con los que parecía andar de puntas.
Doña Prudencia la revisó al cruzar la sala y silbó
para sus adentros.
-Que la vida te guarde esa melena y esos hombros -le dijo. Luego la
acompañó hasta la puerta.