Isabel Arango creció intensa y desatada como el olor del café.
Había nacido un catorce de marzo, cerca de la estación de
trenes de un puerto azul al que desembocaba el inmenso río Papaloapan.
La mañana de ese día su madre sintió llegar, junto
con los avisos del parto, la primera lluvia de unas nubes que trajeron
a la zona el ciclón más fiero que pudo caber en la memoria
de aquel pueblo. Llamado de urgencia, su padre caminó bajo el agua
las tres calles que separaban su casa de la tienda de mercancías
varias en la que se ganaba la vida.
Empapado y febril cruzó el patio y alcanzó la escalera
para correr hasta al cuarto en que su mujer paría sin alardes a
uno más de sus vástagos. Habían tenido cuatro varones
durante los pasados cinco años, la niña llegó por
fin haciendo más ruido que ninguno de sus hermanos.
Mientras abría los ojos al mundo de agua que todo lo rodeaba, en la estación del ferrocarril el viento arrancó los techos que cubrían a los viajeros en espera de un tren cuyos vagones quedaron volcados fuera de las vías. Un ruido de diablos caído del cielo estremeció el crepúsculo y no dejó de llover en tres semanas.
Todo aquel barullo no fue sino el inicio de la inquieta y jaranera
niñez de Isabel Arango, la quinta hija de un matrimonio de emigrantes
asturianos que, trabajando a la par, había conseguido hacerse de
la tienda más ecléctica de un puerto en el Atlántico.
Lo misma vendían sardinas que libros de mecánica, novelas,
jamón de jabugo, queso manchego, listones, harina, chiles, bacalao,
y pan para judíos, cristianos y descreídos. Nunca una panadería
había dado tantísima variedad de panes y jamás una
tienda de comida se había atrevido con tal descaro y buen orden
a dar albergue a un estante con libros, pero aquel era un puerto capaz
de libertades y mezclas como no hubo en el país otro mejor.
Jugando como un niño y odiando la costura como una niña,
Isabel aprendió lo esencial en una escuela del gobierno que cambió
de ideas y reglamentos tantas veces como cambiaron los gobiernos entre
1908 y l917, año éste último en el que se dio al país
una nueva Constitución Política y a Isabel un certificado
de enseñanza media. Lo que siguió fueron las mañanas
ayudando a sus padres en la tienda y las tardes para leer y bailar.
Tenía Isabel un gusto por la danza muy raro en aquellas latitudes.
Sin embargo, había dado con una exilada rusa que gastaba sus horas
bailando y que en dos años le enseñó cuanto sabía
y la ayudó a colocarse entre ceja y ceja la certidumbre de que nada
haría mejor en la vida que ser bailarina. Así las cosas,
no hubo nadie capaz de interponerse entre ella y su afán de ir a
estudiar a la ciudad de México. Un año de ruegos diarios
convenció a sus padres de que entre ellos y la contumacia de su
hija debía haber todo menos un abismo. Así que le buscaron
lugar en la casa de huéspedes de una mujer con la que habían
hecho amistad, cuando ella y su marido pasaron una temporada en el puerto.
Se había quedado viuda y mantenía su casa frente al parque
de Chapultepec dando albergue a quien su entraña le aconsejaba que
merecía tal confianza. En cuanto supo que la hija de los Arango
quería vivir en México, escribió una carta poniéndose
a las órdenes de la familia y pidiendo que desde ya la niña
y sus padres consideraran suya la casa en que ella tenía viviendo
más de treinta años.
Desde que Isabel era niña, sus hermanos jugaban a bajarle el
aroma desatado con un poco de leche y todavía su padre fue a la
estación del tren cargando un vaso con algo de la ordeña
matutina para intentar que ella la bebiera antes de irse, pero Isabel tuvo
la precaución de no tocarlo, porque temía flaquear frente
a los ojos de animal abandonado que su padre ocultaba mirando al frente
como si algo se le hubiera perdido en el infinito.
--¿Qué se te pudo ir tan lejos?--le preguntó su
madre. ¿Por qué no te quedas a vivir y a tener hijos en paz?
--¿Para que luego me dejen como yo a ustedes?--le contestó
Isabel.
Después la abrazó unos minutos largos y cuando la soltó
cruzó los brazos esperando la bendición de todos los días.
Su madre creía en el Dios de los cristianos con la misma fe con
que hubiera creído en el de los chinos, si china hubiera sido y
no asturiana. Así que le puso la mano en la frente y luego la bajó
hasta su pecho para terminar de persignarla en silencio. Entonces ella
volteó a ver a su padre y le guiñó un ojo.
--Siempre has hecho lo que se te ha pegado la gana, no veo por qué
me sorprendo ahora--dijo él mientras la abrazaba como si quisiera
acunarla igual que la primera noche de sus vidas bajo el ciclón.
--Vete con paz. Te queremos, ya lo sabes.
Isabel subió al tren y sacó la cabeza por la ventanilla.
Mientras el hermoso animal de fierro empezaba a girar sus ruedas alejándose
despacio de la única tierra y el único mar de todos sus amores,
ella se tragó las lágrimas moviendo los dos brazos como si
bailara contra el aire.
--Cuídate el corazón--oyó decir a su padre.
--Te lo dejo--contestó ella. Luego metió el medio cuerpo que llevaba de fuera y se sentó a llorar con la cabeza entre las piernas. Tenía diecisiete años, era enero de l921.
Se dejó acariciar por el aire cálido y salobre aún
que la envolvía. En la ciudad de México haría frío,
en dos semanas estarían por iniciarse los cursos en la única
escuela de danza que su maestra rusa consideraba confiable. Una rara y
pequeña institución creada por madame Alice Giron, una maestra
francesa de la Pavlova que llegó a México en los arduos días
de la guerra y se instaló a vivirlo como si reinara la paz. Por
recomendación de su primera maestra, tan amiga de la francesa como
aventureras podían ser ambas, a Isabel la había aceptado
sin ponerla a prueba. Le dio tres meses para demostrar que tenía
tamaños antes de recibirla en definitiva. El futuro parecía
suyo, pero por primera vez lo miró sin desafiarlo. No conocía
a un alma de entre las muchas que habitaban la ciudad de los palacios y
los lagos, la ciudad de la que salían las guerras y las órdenes
presidenciales, la ciudad que despierta a dos mil metros de altura bajo
el augurio de dos volcanes.
Isabel viajó varios días antes de verlos la primera vez.
Hasta que una tarde apareció en el horizonte la luz enigmática
y embriagadora que los envuelve. El Popocatépetl y la Ixtazíhuatl,
así supo desde niña que se llamaban. Su madre solía
contar la historia de un pariente asturiano que enloqueció al mirarlos
y se volvió sin pensarlo hasta Priesca, el pueblo verde y pobre
del que había salido a buscar fortuna. Fue por recomendación
suya que los Arango prefirieron quedarse en tierras bajas, a la vera del
mar, y se lo agradecían. Habían sido felices frente a esas
aguas, entre la gente salada y locuaz de aquella tierra. De todos modos
se habían vuelto tan mexicanos como cualquiera de los que a diario
se dejaban deslumbrar por el cielo cercano a los impasibles volcanes, bajo
los cuales encontraron los aztecas un lago con un nopal y encima el águila
devorando una serpiente que se acomodó en el centro de la bandera
cuando estas tierras pasaron a llamarse México.
Los volcanes aparecieron frente a los ojos de Isabel mientras el tren
llegaba a la estación de Puebla, y desde entonces quiso reverenciarlos.
No se atrevió siquiera a preguntarse las razones de su atracción
por ellos. Le bastó su imponente belleza para considerarlos cosa
sagrada, le bastó saber que ya estaban ahí millones de años
antes de que la especie humana llegara al mundo. Impávidos y heroicos,
insaciables y remotos. Ellos sí que mandaban en México, nadie
que se pusiera bajo su amparo estaría solo en esas tierras. En su
nueva vida, se prometió, todas sus pérdidas habrían
de pasar por ellos y cuanta historia la conmoviera la sabrían sus
abismos. Con semejante convicción perdió el poco miedo que
aún rumiaba y se instaló a vivir en la casa de doña
Prudencia Migoya, una mujer suave y trabajadora que le hacía honor
a su nombre dejándola entrar y salir, comer y dormir a su aire.
--La ciudad todavía está peligrosa--le dijo tras el desayuno
la primera mañana en que saldría al mundo. --Ayer estalló
una bomba frente a la casa del arzobispo y otra en la tienda de alhajas
"El Recuerdo". Pero tú no vas a andar por esos rumbos. Cuida que
no te quiten la bolsa y si te la quieren quitar deja que se la lleven.
Baila bien que es lo que importa.