Reflexiones, ensayos sobre escritoras hispanoamericanas


editora: Dra. Priscilla Gac-Artigas

 


Antonieta Villamil



Nace en Bogotá, Colombia, el 28 de agosto de 1962. Reside en Estados Unidos desde 1980. Es directora de la revista bilingüe Moradalsur, coeditora de la publicación The Poem y directora de la Sociedad de Poetas de América. Participa en lecturas “Noches de Poesía a la Zaga de Duende” en centros literarios, bibliotecas y cafés literarios en Los Angeles.

Ha publicado: Traigo como arena en los ojos (1998), Suave y lento (2000), Razones de la señora bien y veinte poemas bastardos (2000), Violento placer (2001), Los Acantilados del Sueño (2002).

Premios Gastón Baquero por Los Acantilados del Sueño, España (2002), premio Prose Poems Project de Prize, concedido por la organización Writers At Work por su poema "Migration Fields", Los Angeles, (2001), Poetry in Motion, por su poema "Green Shoes", Los Angeles, (2001), finalista del Ann Stanford Poetry Prize (2001).

El crítico Guillermo Martínez González dice de su obra: “la poesía de Antonieta Villamil, asalta en su lenguaje intenso las zonas prohibidas de lo nocturno y el erotismo. Excéntrica y alucinada, esta poesía se anuda como la música o el grito en una metáfora que desordena e inquiere, que se revela y devela. Que atrapa y repele la luz, los arañazos de la vida y la muerte, el regocijo y la violencia, en una sociedad que niega toda voz de lo femenino. Más que un ejercicio de referencias, la poesía para Antonieta Villamil, es ráfaga contra los desahucios de la realidad y el poder, refugio en que fosforecen los deseos, denuncias de las miserias del tiempo y la historia”.

Pero dejemos a la misma Antonieta que nos hable de Antonieta Villamil, la escritora:

“El texto a continuación lo acabo de escribir, me ha inspirado usted con los sueños verdes de Caldas y el sabor en sus labios de la guayaba madura. Yo nací en Bogotá de madre antioqueña y un padre exigente y trabajador. Empecé a escribir a los diez años después de escuchar “verde que te quiero verde...” de Lorca. Como es de hoy, este texto puede cambiar o no, depende, no sé de qué depende pero poco a poco lo iré descubriendo.

Autoretrato o la ella fragmentada
(Poema prosado en la ocasión de no saber qué es un CV en el cual la mujer se re-cuenta en la escritora y evitando ser un “paper” de citas estériles indifundible.)

Es inevitable no fragmentarse
ante la ardua posibilidad de mirar de sí en el gran espejo que con el extenuado vaho de mi voz opaco
y luego con un dedo o dos re-escribo como descifrando un mapa del que me
he querido perder para poder ver más claro.
Resulta que es difícil salirse del cuero de un toro que yace ante la filuda posibilidad del sable
dentro de sí, cuando lo único que se ha sido es una simple partícula de arena en un corral que desangra
voces y aullidos en un paraje de la vida que nos queda grande como ese saco de harina que se gorgojea en la espera de un pan que nunca acabamos de crecer no por falta de levadura sino por la falta de una proporción exacta de sal y azúcar.
Yo sé que desvarío como desvaría quien busca lo que no sabe qué se busca y termina encontrando lo que nadie ha perdido.
Yo me acuerdo de mi madre cuando me decía,
¿Sí? Eso es lo que pasa contigo, precisamente cuando estoy en un trance en el que no sé qué es lo que pasa conmigo.
El instinto maternal es un implante como de silicona, es la herencia de mi estirpe en esta tierra, decía mi madre.
Deshago, desdigo, chillo, balbuceo, peleo, me incomoda la luz demasiado erudita, y la oscuridad imprescindible,
abstrusa, en-cruz-hijada.
El instinto maternal es un parapeto en el que me ausculto y me disgrego de la misoginia purulenta de mi propia especie,
me pellizcaba en el oído mi madre.
Es inevitable no fragmentarse ante la ruda calamidad de encontrarse
en el vasto espejo del horizonte más interno
como para extenuarse en el vaho para borrar el rostro que salta de pronto sin previo aviso, sin previo rehearsal.
¿Sí? Me decía mi madre,
terminarás hablando como ellos.
Terminarás en sus zapatosy ellos terminarán midiendo el calibre de sus carcajadas con tus incongruentes cuentos.
Vale la pena viajar sin rumbo como cuando se escribe queriéndose encontrar y no te encuentras porque no estás perdida o al menos ese es el nuevo juego de las apariencias. No es importante discernir entre lo que se busca y lo que no se encuentra, porque la partida no es doble sino deliberadamente múltiple y no hay de otra que mirar y mirar hasta verse.
Es inevitable no fragmentarse ante la cosquilleante posibilidad de escuchar de sí,
en el desgastado espejo que con el lóbulo extenuado de mi oreja oigo y luego con un grito o dos pretendo eludir como descifrando un laberinto del que me he querido perder para poder escucharme más claro.
Resulta que es difícil salirse del propio cuero
sin pretender ser el toro, el torero, la plaza, o la audiencia borracha que yace filuda ante la posibilidad del sablazo en la espalda de sí, cuando lo único que se ha sido es un desnudo payaso en un circo que degolla voces y aullidos, en un barandal de la vida que nos queda ridículamente alto y cargado de luces de colores chillones, como ese disfraz de héroe que se apolilla en la espera de un baúl que nunca acabamos de bajar de la azotea no por falta de tiempo sino por la falta de una proporción exacta de fortaleza y escaleras.
¿Sí? Nunca bebas agua antes de
la comida, me decía mi madre.
Termina uno por ahogar las penas que tienen que descolgarse y lamer los platos para espantar las hormigas del tedio.
Ellas saben dónde escondes la miel y se aborazan escarbando como la mugre que se te instala debajo de las uñas.
Pero cuáles uñas si de tanto rascarte la picazón
de no saberte o no encontrarte
terminas con los dedos mochos descifrando palabras indescifrables en el vaho que a pesar de tanto incienso en la memoria
se instala en el gran espejo de sí y no termina de hallarse porque nunca se busca.
¿Sí? Nadie te entiende,
porque le hablas a las células,
a los vellos erizados,
a los poros boquiabiertos de escalofrío, al pasto y a las semillas que guardan los bosques innacidos.
De ella pienso que no soy yo.
De mí siento. De ella solo expreso. De ella primero tiento con el ojo adentro, como dije en un poema hace tiempo.
De mí soy vientre. De ella soy viento.
De mí soy ella.
¿Sí? Como decía mi madre
Es inevitable no fragmentarse
ante la ardua posibilidad.

Nota, querida Priscilla, no me creas, esto es pura literatura. A lo mejor es como dice Gabo, el escritor no inventa, escribe lo que ve.
                                                                        Con un desfachatado cariño, de Antonieta”
 

Traigo como arena en los ojos
A José Asunción Silva

Traigo como arena en los ojos, un poema
inmenso que me quema los labios.
Quiero describirlo como a este crepúsculo.
Incrustarlo en tu memoria para que lo revivas
palpitante, cuando estés tan triste como ahora.
Inculcarlo en tu memoria frágilmente
permanente. En tu muy adentro, como cuando
el sol, isla de reflejos y tiempo, se infiltra repleto
de sombras nebulosas en el intenso resplandor
de las olas. A pesar de la noche que sinuosa
acaricia tus ojos, quiero infundir este poema
como a este crepúsculo que desciende sutil
por el perfil de la montaña hasta el camino
y desliza mis pasos bajo la arena.
Quiero diluirlo en este puente de mar hacia tu sol
que arrastra mi indagar por tus caminos de algas.
¿Sabes? A ti también te traigo
como arena en los ojos.
Como a un poema inmenso. Como a este
crepúsculo sin memoria, palpitante y triste.




Ensayos:

1.- Traigo como arena en los ojos un poema inmenso de Antonieta Villamil, Julian Palley. Este ensayo se encuentra publicado en el volumen II de Reflexiones libro. Este ensayo se encuentra publicado en el volumen II de Reflexiones

2.- Herencia poética latinoamericana en Traigo como arena en los ojos un poema inmenso de Antonieta Villamil, José Cuervo. Este ensayo se encuentra publicado en el volumen II de Reflexiones libro. Este ensayo se encuentra publicado en el volumen II de Reflexiones

El segundo volumen incluye a las escritoras Angélica Gorodischer, Lucía Guerra, Gladys Ilarregui, Angeles
Mastretta, Andrea Maturana, Mayra Montero, Rosabetty Muñoz, Carmen Ollé, Cristina Peri Rossi, Aline
Pettersson, Alejandra Pizarnik, Elena Poniatowska, Nela Río, Esmeralda Santiago, Marcela Serrano,
Angélica Tornero, Cecilia Urbina, Rosina Valcárcel, Zoé Valdés, Luisa Valenzuela, Antonieta Villamil y
Yolanda Westphalen.
 

El primer volumen incluye a las escritoras Claribel Alegría, Isabel Allende, Odette Alonso, Julia Alvarez, Inés
Arredondo, Sandra Benítez, Yolanda Blanco, María Luisa Bombal, Carmen Boullosa, Rosa María Britton,
Cecilia Bustamante, Ana Castillo, Martha Cerda, Sandra Cisneros, Diamela Eltit, Laura Esquivel, Rosario
Ferré, Renée Ferrer, Elena Garro, Iliana Godoy y Jacqueline Goldberg.
 


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