Mañana lunes presenta su última novela Nuestra
señora de la soledad (Alfaguara 1999) en el auditorium de la
Telefónica a las siete y media de la tarde. Llega a Chile después
de haber presentado su quinto libro en Buenos Aires y Montevideo. Permanecerá
una semana en Santiago -donde también grabará un programa
junto a su marido, Luis Maira, con Cecilia Bolocco-, y seguirá a
Madrid donde termina su gira. Sólo entonces regresará a su
casa en Ciudad de México.
Había que agarrarla en Buenos Aires para adelantarse al ruido periodístico que provoca en Chile. Ella accede telefónicamente. Parece divertida con la idea. La cita es en una lujosa suite del gran hotel donde se hospeda en la capital argentina. Acudo puntualmente. En el piso 17 me piden la identificación. Todavía están los periodistas de la revista Para Ti. Tenemos que esperar nuestro turno. Luces, paraguas,enchufes, y un flash detrás de otro. El fotógrafo argentino, pelucón y canchero, la tiene acorralada contra la ventana. La periodista le hace preguntas desenfadadas con una voz muy fuerte. El café con biscochos está en el centro de una mesa muy fina. Que la fama, que la maternidad, que el sexo, que la política, que por qué lanza ahora una novela policial. Una voz decidida y asertiva responde desde el fondo del ventanal. Finalmente logro soslayar los trípodes, papeles plateados, cables eléctricos y la veo con un elegante traje negro, bien peinada y discretamente maquillada.
El hábito de escritora desaparece, los millones de ejemplares vendidos -ya está en el primer lugar del ranking argentino y su libro tiene dos semanas-, los dólares que llegan de países de todo el mundo, los foros,las ferias del libro en cualquier continente, las traducciones, las negociaciones con Hollywood... Todo desaparece de la escritora porque sale a la luz la única identidad que Marcela Serrano tiene para mí: ella es mi hermana.
Con humor acepté, por primera vez, tenerla al frente como entrevistada.
Cuando se van los periodistas argentinos y la encargada de la Editorial Alfaguara, nos quedamos solas con nuevos cafés y cigarrillos. Entonce no podemos hacer otra cosa que soltar una larga carcajada.
-¿Por qué estás fumando Marlboro, si los únicos
cigarrillos que te han gustado siempre son los Hilton?
-Porque no me los han llevado últimamente a México, a los amigos se les olvida que me gustan los Hilton.
-¿Y ese traje es nuevo?.
-¿Te gusta?. ¿Has visto algo más lindo?. Me lo
compró la Nena (nuestra hermana mayor) en Washington y me llegó
justo antes de venirme. Lo bueno es que no se arruga.
-Fue una respuesta sacada de contexto, aislada, por lo tanto sola significa otra cosa. Yo estaba hablando de la mala calidad de vida que tenemos todos en Chile y que yo sólo en México me pude dar cuenta de ello. La ciudad dejó de ser amable, está contaminada, el tráfico se volvió loco, la gente está furiosa detrás del manubrio, no se deja pasar.
La calle es agresiva y uno no se da cuenta cuando la vive, el cuerpo sí lo nota y lo expresa por alguna parte...
-Pero tus palabras son mucho más personales, dices que eras poco feliz y eso es muy grave. ¿Y tu familia, y tus raíces y todo?.
-Yo quería decir que era una ciudadana más que vivía agotada, irritada.
Me refugiaba en mi casa con muy poca energía, porque sentía que la ciudad me la había robado. Mi maternidad era más pobre y eso tiene que ver con mi felicidad. Estábamos todos exhaustos, sin tiempos generosos para convivir. Ahora, a mí también se me juntaba con que yo no podía ir a Almacenes Paris sin que me pidieran un autógrafo, entonces me sentía muy demandada. O abría la prensa y veía que alguien me estaba atacando sin que yo lo conociera ni entendiera por qué lo hacía... Entonces, además,estaba sobreexpuesta.
-¿En qué momento pasaste a ver las cosas positivas
como negativas?.
Siempre fuimos niñitas agradecidas, como dice Luis Maira, y tú ahora, en lugar de agradecer que te pidan autógrafo en una tienda, lo ves como que te chupan las energías. ¿Qué pasó con tu energía?.
-(Ríe) Creo que esto es ambiguo. Por un lado sigo siendo la niñita agradecida. Nosotros fuimos criadas para estar en el mundo, nos incorporaban a las discusiones de la mesa, teníamos voz y voto. Dada la educación que teníamos, no es raro que a alguna de nosotros le hubiera pasado esto.
-¿Qué?.
-Que le pidieran autógrafos en Almacenes Paris... (risas) Pero la ambigüedad viene de que al mismo tiempo que teníamos esa educación, nos retirábamos cuatro meses al año al campo, a Los Remolinos, donde no había electricidad, donde el agua se calentaba en un tambor con troncos encendidos, donde la carne se colgaba en el pozo para que se mantuviera fresca, donde ni siquiera teníamos radio. Todas las entretenciones tenían que ver con la vida interior, como decía la abuela con solemnidad, y con la naturaleza. Durante un tercio del año, todos los años hasta que tuvimos 18, nos bastábamos a nosotras mismas, no necesitábamos de ningún estímulo exterior. Ahí aprendimos a leer, a escribir, a conversar tanto,porque todo era parte de esa soledad. Entonces, yo he concluido que estoy siempre buscando esa fuente de energía para soportar la vida.
-A mí no me pasa lo mismo. ¿Dejaste de tener energía cuando pasaste a ser famosa?.
-Cuando empecé a escribir. He escrito cinco novelas en diez años y eso es mucho. Ha sido muy compulsivo de parte mía, y no culpo a nadie. Las novelas, por ser de largo aliento, requieren un nivel de obsesión que te quita la energía para otras cosas. Creo que la suma de estar casada con un hombre público, que requiere una buena dosis de disposición hacia el mundo; de haber sido madre tardía -al cumplir los 30 años- y haber tenido a mis dos hijas con dificultades; de ser obsesiva por vivir en casas ricas, que anden bien, que sean ordenadas; de haber formado una empresa educacional que también me requería energía cuando escribía mis primeras novelas... Todo esto es para explicarte que antes de escribir yo no era poco energética, que la escritura me robó una energía tan grande y lo que me quedó tuve que repartirlo entre todo eso.
-Justamente ha sido por esa manera de arrancarte del mundo, del teléfono, por las miles de mañas que has desarrollado como esa de que nadie te hable hasta que no tomas el café... Por todas esas cosas es que en la familia te pusimos Greta Garbo...
-Sí, pero es por su frase célebre de "Quiero estar sola", porque nunca seré ni tan regia ni tan famosa...
-¿Pero sí tan neura?.
-Sí, tan neura. Pero hay un detalle muy importante: a mí nunca me ha gustado la vida pública, no la gozo, la hago a contrapelo. Al principio tenía pánico escénico y cada presentación pública o programa de televisión me significaba una úlcera. Por eso soy menos generosa con mis tiempos, porque cada gira me deja agotada. Y es porque la pasión genera energía. Como quedo tan agotada después de cualquier exposición pública,debo entender que es porque no me gusta. Cuando escribo siento la energía pura, no me canso, paso 12 ó 14 horas y la pasión me llena de energía.
-Una parte mía sigue siendo absolutamente parte de las cinco, como cuando éramos chicas y sigo cumpliendo ahí el mismo rol, nada ha variado...
-¿Cuál ha sido tu rol ahí?.
-El de la tonta de la familia, supongo (risas). No por tonta, sino por rebelde. A mí fue a la única que echaron del colegio, mientras a ustedes les daban todos los premios... Acuérdate que la única vez que me dieron un premio fue porque me enamoré del profesor de Filosofía. Terminé en un liceo y no en el Villa María, después no terminé de estudiar Arte en la Universidad Católica, mientras ustedes se titulaban. Pololeaba, pololeaba y pololeaba mientras ustedes eran mucho más serias. Yo dejé de ser católica y ustedes no.
-¿Y te sentías muy distinta?. Porque la verdad es
que nunca hubo rupturas entre nosotras.
-No, porque ejercimos la tolerancia. Nos queríamos a pesar de las diferencias. Hoy ya no me siento distinta a ustedes, pero en la adolescencia, sí. Y me sentía muy juzgada, pero sabía que no iba a dejar de ser lo que era. Yo no cumplí ningún rol de hija ideal frente a nuestros padres. Acuérdate que tenía malas notas en los ramos científicos y mientras las dos mayores eran tan aplicadas y líderes positivas,mientras la Nena y la Paula daban los discursos en las asambleas del colegio, o mientras la Sol ya brillaba en su curso, la única vez que yo me destaqué fue cuando hice de modelo en un desfile. Sí, claro que me sentía más tonta.
-¿Y convertirte en escritora famosa te sirvió para
demostrarnos que no eras tonta?.
-No a ustedes, nosotros ya teníamos claro nuestros roles al interior de las cinco. Sí me interesaba demostrárselo a Lucho Maira, ahí sí que me daba miedo ser tonta.
-¿También demostraste ya en tus novelas todo lo que
querías demostrar con respecto al feminismo o al socialismo y a
tanta ideología, y por eso ahora entraste en un tema policial?.
Recuerdo perfectamente que tus primeros cuentos, a los 12 años,
estaban llenos de suspenso... ¿Esta novela es, por lo tanto, más
genuina?.
-Siento que saldé cuentas personales y colectivas, con las mujeres y la política. Me habría vuelto loca si no hubiera gritado todo lo que he escrito. Ahora, sigo diciendo lo mismo de otra manera, más sutilmente.
Sí. Recuerdo mi pasión por lo policial desde chica, la que se tradujo a la vuelta del exilio en Roma, en 1977, en mi afición por la novela negra.
Debo haber sido muy pobre, porque recuerdo que Héctor Soto me prestaba todos los libros. Y prefería a Chandler que a Proust. Me acuerdo que me metía a la tina con ellos porque no los podía soltar. Me hice adicta a ese género. Pero nunca leí mucho a Agatha Cristie, no era la novela policial lo que me interesaba, sino la novela negra. Porque lo negro está directamente relacionado con la dureza de la realidad. En mi mente, con las obsesiones que he tenido, se me junta mejor la novela negra en la cabeza que la policial. En todo caso, esta novela todavía no es negra, es un coqueteo con la novela negra, porque no hay ni un puñete ni un pistolazo. Pero la protagonista tiene esa cosa desencantada, fracasada,de lo negro... Y mi tesis es que al final de cuentas, son todos unos idealistas.
-Aunque siempre te gustó mucho leer, nunca fuiste una intelectual.
Estabas mucho más preocupada del rimel o del teléfono que del intelecto.
-Sí, jamás me he definido como una intelectual. Pero si miramos la formación que tuvimos en relación con la de nuestras compañeras de colegio, a la larga, nuestra formación sí tenía bastante de intelectual.
Teníamos esos padres, escritores, inteligentes, inquietos, y por lo tanto nosotros teníamos unos estímulos gigantes. Si ellos veían la película "Hiroshima Mon Amour", nosotros estábamos obligadas a enterarnos y de hablar del tema en la mesa durante un mes. Acuérdate que nos llevaban libros obligatorios al campo, que cada viaje de ellos era comentado, que la India, Grecia, China o el Congo.
-Pero ahora que hemos conocido a los auténticos intelectuales, sabemos que ni siquiera nuestros padres lo eran... Nuestra intelectualidad era inmensamente frívola.
-Porque éramos mujeres, cinco mujeres que tuvieron la suerte de tener padres inteligentes, pero el rigor no se nos exigía. Entonces frivolizábamos lo que aprendíamos. Al final, lo que se nos pedía a nosotras -corrían los últimos años 60- era que fuéramos encantadoras,lindas, bien vestidas, buenas, que pololeáramos con los hombres adecuados, que entráramos a la universidad... Y nunca nos cupo duda que íbamos a entrar a la universidad. Y no era tan obligatorio en esos años que las mujeres tuvieran un título profesional. No diría que tuvimos una formación para ser intelectuales, lo que tuvimos, junto a la frivolidad de ese medio en aquellos tiempos, fue una fuerte propensión a fascinarnos por lo intelectual.
-Cuando tienes que llenar una ficha y poner como profesión "escritora",¿no te sientes un poco ridícula?.
-Ya no, pero las primeras veces sí. En Chile yo tenía muchas identidades, como hermana de ustedes, como hija, como militante, como mamá de la Elisa y de la Margarita, etc. Pero cuando empecé a salir de viaje por los libros, en el extranjero no tenía ninguna identidad. Es un momento muy especial, en el que nadie sabe nada de ti salvo que escribes libros. Ese minuto en que tuve que enfrentar el hecho de no tener ninguna otra identidad, se me internalizó la profesión de escritora. Porque a pesar de que en Chile era un juego, allá era verdad.
-Para mí sigue siendo un juego.
-Para mí también.