Desde que los trovadores de Provenza inventaron lo que para nosotros es el amor, en realidad casi nada se haReflexiones, ensayos sobre escritoras hispanoamericanas contemporáneas editora: Dra. Priscilla Gac-ArtigasEl cuarto mundo, un arte de amar nuevo
Pedro Granados
En El cuarto mundo (1988) Damiela Eltit intenta romper este esquema.
Obviamente no con un propósito meramente
frívolo, sino con uno comprometido en disputar el objetivo (la
objetividad) al poder del varón; es decir, a cuestionar la
concepción del mundo que refleja el tradicional arte de amar.
Discurso nuevo el de Eltit que adopta --para luego subvertirlo--
el típico locus de enunciación asignado a la mujer en
una sociedad patriarcal:
“es al interior de la familia en la que
la mujer opera como oralidad, como murmullo para transmitir la ley institucional
en
un procedimiento ritual y ritualizante
de roles y donde es posible vislumbrar el modo concreto en que la cultura
administra los cuerpos y los roles de
los cuerpos, con la misma elocuencia que propicia otras formas de circulación”
(Eltit 1990: 2).
Manual sentimental, entonces, que posee una taxonomía y un lenguaje
con el cual se seduce y educa “al otro” (en este
caso el varón), pero que también carga de “perversidad”
la propia novela. Lenguaje sensorial, corporal, emotivo, que sigue
sus propios instintos y tiene en la poesía su arma mejor: “Por
primera vez debíamos hablar en forma clara y solamente
emocional” (1988: 69).
El
libro de Damiela Eltit se divide en dos partes: “Será irreversible
la derrota” y “Tengo la mano terriblemente
agarrotada”. Ambas empiezan con una concepción; pero,
mientras en la primera parte el nacimiento (de los hermanos
mellizos) va a tener lugar en las páginas iniciales, en la segunda,
el nacimiento (de una niña, que también simboliza la
propia novela: “irá a la venta”) se produce en el último
párrafo de la obra. Asimismo, “Será irreversible la
derrota”, es
pricipalmente la crónica de los que --ya adultos-- serán
los padres de la novela. Más precisamente, la primera parte
consiste
en el testimonio de un travesti (el hermano: María Chipia) y
el relato implícito de la paulatina ascención al poder de
una
sacerdotiza (la hermana melliza). Por su parte, “Tengo la mano
terriblemente agarrotada”, es fundamentalmente la descripción
velada de un bebé en gestación y, al mismo tiempo, la
de un universo narrativo en proceso; es decir, ora ventana que nos deja
mirar --tal como una ecografía-- al interior de una placenta,
ora metatexto: “-Quiero hacer una obra sudaca terrible y molesta”
(1988: 88). Por consiguiente, si consideramos el libro en su
conjunto, esta novela es la historia de una novela --para nosotros,
un manual de educación sentimental-- que va desde una concepción
“entre un 7 y un 8 de abril” a un parto por las mismas
fechas: ¿pura coincidencia en el calendario? En todo caso
puede tratarse de un tiempo cerrado, como cerrados son también
los espacios de este relato en claroscuro.
Por otro lado, si bien el narrador de
El
cuarto mundo es omnisciente, debemos distinguir --aunque sea obvio--
que en
la primera parte de la novela pareciera ser el muchacho el que habla,
desde que era cigoto; es decir, desde que lo
concibieron. El locus de enunciación es, por tanto, en
el principio, un proto espacio que está en contrapunto con el espacio
final de la novela. Esta simetría de situaciones, aunque
alejadas en el tiempo, tienen en común --sobre todo-- la solidaridad
y
el amor incestuoso de los mellizos. Además, este amor
--aunque sólo sea de naturaleza táctil dentro del vientre
materno y,
más bien, de cópula franca en la segunda parte del libro--
resulta invariable en la intensidad y en el perfil: obedece a un nítido
liderazgo femenino. Citamos:
“Sin saber a qué adjudicarle su
ataque, acosado, intenté dejarla, pero me paralizó su frote
obsesivo que apuntaba en
una sola dirección […] Mi hermana
se quedó súbitamente inmóvil, extrañamente
apacible, y allí, teniéndome
acorralado, realizó su primer
juego conmigo” (1988: 18-19, primera parte); “A horcajadas, terriblemente
gorda, estoy
encima de María Chipia tratando
de conseguir el placer […] Entro en un estado agudo y desesperado, hablando
cortadamente, exigiendo a María
Chipia los movimientos y la continuidad que necesito” (1988: 113, segunda
parte).
Claro liderazgo femenino que, en realidad, desborda al narrador omnisciente
de la primera parte; que poco a poco va
instalando e instaurando su preeminencia a partir de ser al principio
sólo como un eco extraño frente a la voz dominante.
Leve
impresión sonora que llegará a hacerse nítida
o corporeizarse en el narrador de la segunda parte de la novela.
Aquí sí, más
bien, la omnisciencia no tendrá fisuras, todo estará
bajo control (bajo el control omnipotente de la ubicua amante-hermana).
Ahora, así como el manejo del punto de vista revela --entre otras
cosas-- la evolución de los protagonistas y del
protagonismo en este melodrama, lo mismo hace el papel reservado a
los demás actores. El cuarto mundo se plantea como la
historia de dos clases de parejas que ilustran, probablemente, el desenvolvimiento
de todas las demás. El pasaje clave --justo
al final de la primera parte-- es aquel de las consecuencias que tiene
el adulterio en la madre de los mellizos; allí esta mujer en
soledad --lejos de la comprensión del marido y de la presencia
del amante-- es asistida por el mito y se le invita a percatarse
(como Edipo) de una profunda verdad:
“Se creyó acompañada por
la voz desgarradora y atómica de una mujer negra que le abría
las piernas para llevarla al
final, en un himno marginal y solemne
[…] Entendió que el placer era una combinatoria de afinidad
de desperdicios y
excedentes evacuados por el desamparo
del mundo; entonces, pudo honrar a los desposeídos de la tierra,
gestantes
del vicio, culpables del crimen, actuantes
de la lujuria” (1988: 77-8).
La relación entre marginalidad y deseo, con el placer entendido
como un óbolo, como algo que sirve para contrarrestar el
dolor (corolario de primer orden en esta obra de Damiela Eltit) podemos
entenderla claramente desde esta cita. Como
además podemos entender --ya que este pasaje es en realidad
la bisagra de la novela-- que la actitud de la madre frente al
mito define a cada una de las parejas.
En “Tengo la mano terriblemente agarrotada”
somos testigos, pues, de una pareja que desoyó esa “voz desgarradora
y
atómica de una mujer negra” por cobardía de la madre
e impermeabilidad del padre; en contraposición al triunfo del mito
en la
pareja de hermanos: por la sabiduría de ella, por la permeabilidad
de él (tanto que ahora exhibe el nombre y la traza
femeninos). Mas, trasvestismo del hermano que es en realidad
una alegoría del varón abierto por efecto mismo de su
condición marginal –requisito indispensable para el amor en
la lógica de esta novela--. Y marginal, sobre todo, por obra
y
gracia de su maestra, su hermana que lo pervirtió a través
de sucesivos ritos ya desde el mismísimo y compartido vientre
materno: “Mi cuerpo inteligente y lúcido, escindido por lo absurdo
de su pequeñez, la encontró cálida en su modorra,
sabia
en sus inicios, bestial en sus pulsiones” (1988: 25). Al final
de la novela asistimos al bautismo de María Chipia, a su plena
integración en la iglesia de los varones fraternos con el otro
género o con su propia sexualidad sumergida: “Lo ayudé a
desnudarse y alabé la armonía de su cuerpo. Acompasé
con las plumas de su débil canto, dejé caer el agua sobre
su cabeza,
y cuando alejamos la fiebre nos dormimos extenuados, cercados por mi
gordura” (1988: 124). Pero alegoría también del
propio discurso ya que se hace patente --en la metamorfosis del mellizo,
el cual será finalmente el padre de la novela-- lo que
asimismo este relato pretende como tejido y como apelación al
lector. Es decir, sucede un fenómeno análogo al que
--respecto a la feminización de Acis ! en la Fábula de
Polifemo y Galatea de Luis de Góngora-- señala Paul J. Smith:
“Suggest
not so much a simple reversal of the paradigm, as the collapse of the
economy of meaning” (67).
Nuevo arte de amar, en fin, que delata
la complejidad de la infancia. Frases que desnudan la iniciación
en el deseo y
su satisfacción, que brindan la pauta de la relación
futura entre estos prematuros amantes: “Jugamos hasta caer desfallecidos
[…] Jugábamos, también, al intercambio. Si yo era
la esposa, mi hermana era el esposo y, felices, nos mirábamos volar
sobre
nuestra condición” (1988: 34). Vocabulario, entonces,
de los sentidos y de la complicidad --olor, tacto, animalidad, juego,
intercambio, emoción-- como en los pasajes siguientes: “Habituado
al olor de mi hermana, todo lo demás me parecía
detestable” (1988: 22); “Ella tenía una marcada devoción
por el tacto” (1988: 23). Liberación de la pareja por medio
del
diálogo sincero (“solamente emocional”). Habla el muchacho,
pero él cede cada vez más la iniciativa a la muchacha, es
ella
finalmente como, asimismo, también ella es él.
Conjunción de voces, coro. Al final de la novela la hermana
melliza celebra a
su amante: “A María Chipia. Bello. Bello y fraterno.”
Obras citadas
Eltit, Damiela. “Cultura, poder y frontera”. La Epoca, Año III, No 113, 1990:2.
_________ El cuarto mundo. Santiago de Chile: Planeta,1988.
Smith, Paul J. The Body Hispanic. Oxford: Clarendon Press1989.
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