Dicciones sin contradicciones:

Julia Alvarez en busca de su voz interior


Dr. Priscilla Gac-Artigas
Monmouth University

 Cuando se habla de “Latina writers”, en líneas generales, nos enfrentamos a dos grupos de escritoras: en primer lugar a aquellas que pertenecen, en su gran mayoría, a una segunda generación, nacidas en los Estados Unidos, escolarizadas en inglés, pero que crecen en medio de tradiciones latinas, y en segundo lugar a aquellas que llegan, traídas por su familia, a los Estados Unidos en los albores de su adolescencia. Sin que la lista sea exclusiva, entre las primeras, podemos mencionar a las chicanas: Ana Castillo, Denis Chávez, Cherríe Moraga, Sandra Cisneros, y a las salvadoreñas Sandra Benítez y Demetria Martínez. Representantes del segundo grupo serían la dominicana Julia Alvarez, la cubana Cristina García y la puertorriqueña Esmeralda Santiago.

Para el primer grupo, la adquisición del inglés se da de una manera hasta cierto punto “natural” pues nacen rodeadas del inglés en todo el ámbito social: la escuela, la calle, los medios de comunicación. Con la adquisición del nuevo idioma comienzan el proceso de traducción de las vivencias, la cultura, y la historia latinas que conocen en el ámbito íntimo de la casa; vivencias que no son propias, sino más bien absorbidas a través de los cuentos, las conversaciones de los adultos: padres, abuelos, tíos, padrinos, amigos.

Las escritoras del segundo grupo traen consigo un bagaje de vivencias propias que se expresan en su idioma pero por circunstancias que analizaremos más adelante, éstas se ven forzadas a dejar a un lado su lengua materna y luchar para dominar el nuevo idioma, idioma que les permitirá renacer y encontrar una voz propia. Ambos grupos, sin embargo, deben enfrentan una batalla lingüística en la que un idioma va retrocediendo frente al otro en aras del descubrimiento de su voz literaria interior.

Esa lucha es para nosotros lo que define la escritura de las “Latina writers” o escritoras latinas: lucha por conciliar las posibles contradicciones étnicas y sociales para encontrar su propia voz interior sin traicionar ni sus raíces ni su ser. A través de la experiencia de Julia Alvarez en donde lengua, vivencias, bagaje cultural se enfrentan a la vida, educación, expectativas profesionales en la sociedad norteamericana, trataremos de dar respuesta a varias interrogantes que surgen frente al tema:
 ¿Qué sucede cuando la narradora se queda sin voz y sin palabras para recuperar y recrear el mundo?
 ¿Qué sucede cuando la Scherezade no encuentra el río afluyente que la lleve al poderoso mar de la palabra que rescata y reinventa el universo?
 ¿Qué sucede cuando los cánones ríen, sienten, aman, lloran con acentos desconocidos y lejanos?
 ¿Qué sucede en el lector cuando el lector es parte de esa búsqueda de esa palabra perdida y de la historia jamás contada?
 ¿Qué nueva relación logran establecer estas escritoras con este lector?
 
Las respuestas a estas interrogantes nos ayudarán a establecer cómo se desarrolla la lucha interna de estas escritoras, cómo se presentan las batallas y cómo la escritora latina asume sus recuerdos, sus vivencias, su manejo de un idioma para encontrar su propia voz, para reinventarse a partir de cero o de la suma de todo.

Dicen aquellos que han leído a Novokov en ruso y en inglés que éste se encontró a sí mismo en este último idioma. Borges incursionó con algunos cuentos en inglés pero es en español en que se revela como el maestro que conocemos. Julia Alvarez, como otras escritoras latinas, no tuvo la posibilidad de elegir. En aquella no tan lejana época palabras tan entrañables como “columpio” eran palabras ilegales que habían atravesado la frontera escondidas en su alma, y al escaparse, eran devueltas a su mundo escondido por la profesora de inglés, hasta que un día Julia se encontró comunicando en inglés, hasta que un día se encontró Julia con una profesora, Sister Generosa, que le enseñó más allá de las reglas gramaticales, a expresarse en un nuevo idioma. Ese día, nuevamente, los columpios de su infancia se mecieron libremente en las páginas de su escritura, devolviéndole al mecerse, un lugar donde soñar, un lugar sobre el cual pararse y afirmarse. Ya no era una extraña, había pisado, descubridora, el nuevo idioma y podía regresar, sin vergüenza, a sus raíces para escribir.

Una identidad, la de la interlocutora de almas hispanas, desaparece para reaparecer en una mezcla, y en ese momento la identidad no aparece como una cosa fija que se tenga que preservar, aparece en movimiento. Al aprender otro idioma hay que prestar atención a cada palabra, buscar, darle una dimensión. Al escribir, así se sea en su propia lengua, hay que reaprender el idioma, volver a encontrarlo para sacarlo de sus cánones y enviarlo a navegar por las páginas de una novela o los versos de un poema. Se puede renunciar a un vestido, a un peinado, pero no al alma.

Al comienzo, en la época del érase una vez... en su país natal, una niña, Julia Alvarez, se escondía bajo las sábanas para leer el único libro que leyó voluntariamente, un libro regalado por su nana: Las mil y una noches. Yo soy Scherezade, se decía, yo soy una niña atrapada en un reino en el cual piensan que las mujeres no son muy importantes. Viene esta niña de un mundo en el cual siempre se les pregunta a los hombres qué quieren ser cuando crezcan; a las mujeres no se les pregunta, la sociedad les trazó su camino, y sin embargo, ella es Scherezade y es ambiciosa y lista y está decidida a sobrevivir, a utilizar su ingenio, como el ingenioso hidalgo de La Mancha, para encontrar los caminos que le permitan combatir contra molinos, encantamientos y gigantes y rebasar los límites que le fueron fijados.

La niña trajo escondido en su equipaje a Sherezade, pero también trajo escondido el recuerdo del cruel Sultán que gobernaba allá no tan lejos, allá en dirección al Palacio Nacional, allá donde las sirenas le enseñaron que su sonar tenía dos significados: uno, que el dictador salía a la calle y que había que vaciarlas para que éste pudiera pasear a sus anchas, otro, aquello que hacía temblar a sus padres, realidad que escondían de los niños bajo otro idioma. La niña se refugió en Scherezade y aprendió que las historias podían salvar a uno y en un país donde el analfabetismo llegaba al 80% fue rodeada para su salvación por la tradición oral.

Y luego lejos, en otro mundo, mundo en el que dominaba la nostalgia del mundo perdido, aprendió que, frotando la lámpara del lenguaje podía hacer reaparecer al genio, podía hacer aparecer los suspiros, los olores, la gente y lugares que había perdido. Aprendió que el lenguaje es poder; pero más importante, aprendió que Sherezade había permanecido en el tiempo y llegado hasta ella por lo que se contó a sí misma, por lo que se contó su historia, lo que realmente ella era. Entonces, en una nueva realidad, en un nuevo lenguaje, en un nuevo país, Julia Alvarez comenzó a reinventarse reinventando el ritmo de las palabras, la magia de las palabras, la musicalidad de las palabras, y al reinventarse encontró nuevamente las musas, mujeres dominicanas en los Estados Unidos, que le permitieron alimentar sus raíces y escapar de las convenciones impuestas por un círculo social.

Su primer contacto con el inglés fue con un idioma de misterios, con un idioma que ocultaba en vez de revelar: “Say it in English, so the children won’t understand”, (Something to Declare 22) decía su padre a su madre cuando quería guardar algo en secreto. Fue un contacto más bien con sonidos, con entonaciones, con un tono de voz que reflejaba algo urgente, algo importante, el idioma de las preocupaciones y secretos, un idioma de lo excluyente.

En aquella época no logró descifrar el contenido de las palabras, y sin embargo, conociendo la cara de su madre, las expresiones del alma de su madre a través de su rostro, entendió lo que su padre quería decir, puesto que el rostro de la madre hablaba en español y en el fondo, el idioma es la proyección del alma.

Un día sucedió lo inevitable, Julia Alvarez escribió con acento perdiendo el acento al escribir a partir de lo suyo, y lo que parece contradictorio deja de serlo. Un día le solicitaron tres o cuatro líneas sobre mujeres domicanas para una colección de tarjetas, y la memoria regresó, aquello que se ocultó en el inglés regresó; de las tumbas salió el grito no como la descripción del grito sino como el significado del grito. El asesinato, no el hecho que apareció en los diarios, no aquella noticia que intenta clasificar aquello que no tiene clasificación, sino aquélla que comienza a existir donde las clasificaciones terminan. No, regresa a la vida un asesinato en el cual el acontecimiento nos remite a una situación extensiva que existe más allá del asesinato, antes de él y alrededor de él. Y este asesinato no puede entenderse si no se conoce la situación exterior en que se produjo, y Julia Alvarez tuvo que regresar a lo escondido en el inglés de sus padres, a los temores, a la situación política para encontrarse más allá del grito con “las mariposas”, con las Mirabal. Asesinato político que en sí ya era parte de una novela en el sentido de que no era un acontecimiento lineal, que la información era una información parcial que enviaba más allá de sí mismo.

A través de la investigación, de la inmersión en su mundo, Julia Alvarez encuentra su voz interior para entregarnos esta historia ficcionalizada como ella la llama, para regresarnos a las Mariposas y hacernos exclamar junto a ella al final del libro: “¡Vivan las mariposas!”

Julia Alvarez llegó a vivir a una sociedad en la cual aún no existía la aceptación del bilingüismo, hoy nuevamente bajo ataque, en que para ser aceptada debía dominar el inglés, dominio que implicaba de alguna manera el esconder su idioma materno. Sin embargo al leer a Julia Alvarez pareciera que no se está leyendo en inglés, idioma de oraciones cortas, no más de una idea por frase, si no, el lector puede perderse y no entender. En Julia Alvarez encontramos en inglés oraciones complejas con cláusulas que murmuran entre ellas, que juegan a las escondidas para transmitirnos a nosotros, lectores, no sólamente la emoción de la historia, sino ese placer que se siente al descubrir las relaciones entre ellas; oraciones que trascienden en su forma la idea, que rompen reglas y cánones, donde “a little coffee” tiene el inconfundible aroma del cafecito y no del expresso.
 
A partir de su libro de ensayos, Something to Declare podemos trazar el camino de las escritoras latinas partiendo de la experiencia de esta escritora en los Estados Unidos: su llegada a la escritura, su triple búsqueda de definición (nacionalidad, género y voz literaria) debatiéndose entre una tradición familiar y cultural latina que la predestina forzándola a acallar sus voces interiores, y la sociedad norteamericana en que se desarrolla que, aunque parece favorecer su búsqueda de voz propia, no provee en sus cánones la imagen que dé vida a esa voz que busca forma, que busca el camino de los pequeños ríos que bajan por las montañas buscando perderse en el mar (129) de la literatura.

Hoy, al leer a Julia Alvarez, al escuchar su voz en inglés el mundo se nos aproxima en español puesto que las mariposas o su “Yo” nos hablan en español. Es en el lector que su escritura va reencontrando su verdadero color, es en la lectura que encontramos su ritmo y su significado pues como nos dice María Hinojosa en su introducción a la antología Daughters of the Fifth Sun el inglés es el idioma de estas escritoras. Ahora éste les pertenece, y es en este idioma en que ellas nos hablan de su casa y de su identidad, de su sentido de pertenencia cultural, de Mami y de Papi, de países, fronteras y racismo, de deseos, pasiones y revoluciones.
 En la segunda mitad de este siglo la crítica fue cuestionada dando nacimiento a una nueva crítica que rompió con los cánones, y al contacto con nuevas corrientes filosóficas, produjo innovadores elementos de evaluación. Hoy, al final del milenio yo me hago, y dejo abierta a ustedes esta última pregunta: ¿no sería ya tiempo que la labor literaria de las escritoras latinas produjera una nueva forma de lectura, una renovada crítica en donde aquello que no es “gramaticalmente correcto” sea revisado a la luz del placer de descubrir las capas entre las frases, el sabor y los aromas del texto y la fuerza y el poder de la palabra?

Hablando sobre la claridad en la escritura, decía Roland Barthes en La crítica y la verdad que escribir es en sí organizar el mundo y que aprender un idioma es comprender cómo se piensa en ese idioma. Es por lo tanto inútil, según él, reescribirse si no se está decidido a re-pensarse. (Roland Barthes Critique et vérité 33) ¿Y qué es lo que nos están entregando estas escritoras sino un re-pensarse expresado en una nueva estructura verbal? La validez de sus textos se manifiesta desde el momento en que éstos se asientan en tanto escritura; es un mundo -su mundo, nuestro mundo- el que en ellos se manifiesta. Es una escritura madura que venció la dificultad del idioma y abolió la rigidez de los cánones establecidos hasta hacerlos reventar con susurros de acentos nostálgicos de tierra mojada, de olores y sabores lejanos, pero reconocibles. Al permitir que las voces de su mundo las invadieran, al dejarlas que se internaran, a su manera, dentro de una estructura de signos y acentos diferentes, las escritoras latinas lograron dominar estas voces y vestirlas de identidad y por el poder de la palabra, escribiendo en otro idioma con acento de raíces, están marcando la literatura de nuestros tiempos.
 
 

Notas
 1. Este ensayo fue previamente publicado en Ventana Abierta, vol. III, número 10, California: Universidad de California en Santa Bárbara, primavera 2001: 14-20.

Obras citadas
 

Alvarez, Julia. Something to Declare, North Carolina: Algonquin Books of Chapel Hill, 1999.

Barthes, Roland. Critique et vérité, Paris: Editions du Seuil, 1966.

_______ Essais critiques, Paris: Editions du Seuil, 1964.

Milligan, Milligan and De Hoyos. Daughters of the Fifth Sun, New York, Riverhead Books, 1995.
 
 


 
 

       Volver a autoras             Volver a la página principal

Si desea enviar un comentario:

Comentarios:

Email Address:
(required)